Gambito de Dama: el juego de la vida

           Capaz me pasó solo a mí, pero si después de terminar esta serie no salís con ganas de jugar ajedrez como condenado, solo para volver a darte cuenta de que definitivamente no es lo tuyo, no la viviste realmente. O capaz es solamente mi caso, que es lo más probable (?). Lo que sí es muy probable es que, además de disfrutar enormemente de la dinámica del juego y quienes lo practican, uno acabe reflexionando sobre cuestiones elementales de su propia vida, errores y aciertos, problemas con los famosos “demonios internos” y redención. Sobre el juego de la vida.

            Esta serie de Netflix está dirigida por Scott Frank y protagonizada por Anya Taylor-Joy como Beth Harmon, una niña que queda huérfana a temprana edad y es enviada a un orfanato católico donde contacta por primera vez con sus dos grandes amores: el ajedrez y las pastillas tranquilizantes. Siendo ambos la manera que ella encontró de escaparse de la realidad que le tocó y que tan tempranamente parecía castigarla, es el primero de ellos quien le dará un camino para trascender en la vida, así como un sustento y reconocimiento; y el segundo, posteriormente junto con el alcohol, el que pondrá todo su presente y futuro en jaque.
            Es muy difícil imaginar que una disciplina como el ajedrez cuente con una dinámica agradable y llevadera para la mayoría del público y no solo para quienes la practican, sin embargo, esta serie consigue en 7 concisos, entretenidos, profundos y bien desarrollados episodios sumergirnos en una historia que primeramente tiene una apariencia más biográfica, pero que luego desemboca en una historia más profunda y trascendental, casi reflexiva. No se aleja de la clásica estructura de historia del genio (en este caso genia) trastornada que lidia contra su propia genialidad y adicciones. Tampoco necesita hacerlo. Así como tampoco necesita ocultar su deseo de presentar un grito de revelación femenina, dispuesto a romper con los estereotipos de la época (la serie comienza ambientada en los ’60) y actuales. Y eso está muy bien.

            El viaje de Beth se da a muy temprana edad para ella, acompañada de su madre adoptiva recorrerá el país, primeramente, compitiendo en torneos, para luego llegar a otros países y seguir creciendo su nivel de competitividad. Igualmente se desarrolla un segundo viaje, mucho más personal, en la protagonista. Donde coquetea con su lado más oscuro, sus fantasmas, sus miedos, el alcohol y la promiscuidad. Fascinante e inquietante, se nos plantea un conflicto que puede ser propio de cualquiera de nosotros, pero que adquiere otra dimensión cuando hablamos de alguien con habilidades extraordinarias como ella.

           Así, lo que comienza pareciendo una historia biográfica, da un vuelco en una suerte de reconocimiento al ajedrez como disciplina de desahogo y sanción para finalmente mostrarnos un viaje de descubrimiento, de crecimiento personal, de madurez, sanación y relaciones interpersonales.

           La historia de Beth en el ajedrez alcanzará su punto más alto en concordancia con su propia historia personal y alcanzará (así como probablemente todos nosotros) una paz relativamente más equilibrada cuando valore y reconozca más sus relaciones con los demás, la competitividad bien entendida y huya de su refugio en sus adicciones.

            Estamos acostumbrados a elevar a seres humanos, de carne y hueso, a la categoría de dioses por su capacidad de hacer ciertas cosas de una manera o a un nivel fuera del alcance de nuestra comprensión y exigirles, a partir de esa valoración, que sean impolutos, perfectos, intachables. Y la verdad es que, posiblemente, ninguno lo sea. Porque en definitiva no son dioses, no son sobrenaturales, son personas como nosotros que nacieron con una habilidad y la perfeccionaron y trascendieron en la vida a partir de ello, pero no nacieron sabiendo el camino correcto a recorrer hasta el último de sus días. En definitiva, ellos, así como nosotros, también están jugando este juego de la vida.

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